(Una de subidón mañanero)
Interrumpo con esto el relato por entregas de mis correrías por Asia menor, aceptando el riesgo de quedar…como un presumido. A veces las cosas más nimias te alimentan más que una barrita de biomanan.
De vuelta a la acogedora rutina, la ciudad levantándose, la mochila en la espalda, en el mp3 Carlos Herrera, en el primer semáforo la misma adolescente camino de clase con la que me llevo cruzando dos años y en el segundo la misma superwoman (versión supermamá 2.0) con la niña que no quiere ir al cole.
Una mañana de otoño como otra cualquiera, camino del tajo, con media neurona encendida y navegando en automático, que ni el desayuno saludable, ni el café ni siquiera el Gin-Seng han hecho efecto todavía. De repente se enciende el chivato, suena la chicharra, todos los sistemas en funcionamiento, “zafarrancho de combate”….¿Esto es a mi?
Me explico, podré parecer un sobrado, pero hace tiempo que puse el filtro estrecho y no dedico interés alguno a féminas de menos de treinta y tantos, mas que nada porque antes de esa edad entre la permanente y el escote (mas abajo es otra cosa) hay poco con que entretenerse.
Lógicamente soy correspondido por las chicas de este segmento de edad con una indiferencia parecida, (mejor) así que esta matutina alarma me inquieta ¿Qué pasa?
Me permito recordar que soy un hombre y por consiguiente torpe, cuando miro a una mujer ella ya me ha percibido, repasado, juzgado….y descartado o aprobado según guste. Por esto precisamente, cuando veo que me esta mirando, mirando como a mi me gusta que me miren…es que esto es lo que parece, y así descubro a dos “jovenas”, medio siglo largo entre ambas, que pese a lo temprano de la hora, dirigían sus miradas, entre nerviosas y descaradas a mi modesta estampa.
Pensando para mi que no son horas, no, de andar levantando la ceja y que no hay tiempo para una faena completa, que estas mayor ya hombre, que no te vas a acordar…bueno va, al menos una rápida tienta, venga. Compongo una sonrisa, una mirada a los ojos y procedo, con mi natural cara de despiste, a preguntarles una dirección (la de mi trabajo, ¿para que pensar?)
Tras unos capotazos, trastear un poquito, ver como entran al trapo, con nobleza y la fuerza propia de la edad, cada una por un pitón distinto (dos caracteres, una callada con la mirada fija y una lanzada que no para de hablar), hago un quiebro y me despido siguiendo mi camino….. ¿Cómo era esto? Ah si, hasta la esquina, cuatro, cinco, seis pasos…..distraídamente me giro y ahí están mirándome el culo, riendo y cuchicheando.
Lo dicho, una de autoestima.