( O como meterse en un jardín sin salida para que mis lectoras puedan sacudirme con motivo).
Me voy a meter en un jardín, lo se, pero ¿Quien dijo miedo? Así que pongo la neurona a funcionar y claro, cada mujer busca un tipo de hombre diferente, que satisfaga sus gustos, ambiciones y hasta sus propias carencias personales. Sin embargo ahondando un poco en los anhelos comunes a muchas mujeres me encuentro con algo que llamaré a priori “instinto”. Si un instinto animal, instinto de “hembra” de la especie humana, una inclinación de las mujeres a satisfacer unas necesidades ancestrales.
Con los años y a un alto precio, he aprendido que esto del instinto no debe trivializarse, pues aparte de seres espirituales y mentales, tenemos un cuerpo físico vivo, que no se debe ignorar, la naturaleza siempre nos demuestra cuán peligroso es ir contra sus leyes.
Se acepta y reconoce, en los seres humanos, el instinto de supervivencia, el instinto maternal…¿Por qué no el instinto de “amar”? No de el amor universal, el instinto de tener un amor correspondido. (o varios que diría algún gracioso). Este transciende el instinto sexual, pero lo lleva implícito. Sería algo así como el eros griego. (tengo que repasarme esto que hablo de cabeza)
Llevamos dentro el instinto de amar, pero los dos sexos poseemos motivaciones, reacciones y necesidades diferentes, jugando roles complementarios en el proceso de seducción. Los hombres debemos conocerlas necesidades mentales, emocionales y materiales de la mujer, para poder satisfacerlas y de este modo satisfacernos a nosotros mismos; ya que solo así, consiguiendo la entrega total de la mujer, satisfacemos nuestro propio instinto masculino de de conquista y seducción.
Con frecuencia los hombres achacamos los fracasos con las mujeres (que si, que yo también los he tenido..) a nuestra falta de atractivo físico. No suele ser así, suele ser por desconocimiento del alma femenina (algo fascinante que merece todo el estudio y la atención posible) o por no cultivar las cualidades personales necesarias para conquistar al sexo opuesto.
Recapitulando, las mujeres quieren tener satisfechas una serie de necesidades primitivas, como la necesidad de protección, la necesidad de seguridad, la necesidad de ser la primera y la única y la necesidad de sentirse deseada. La necesidad de tener un compañero en realidad no comienza a ser un hecho (y limitadamente) hasta la segunda mitad del siglo XX y el el mundo occidental, pese a estar escrito en la biblia aquello tan bonito de “compañera te doy que no esclava”. (Jo, ya sale el páter que llevo dentro)
